ANTICIPA ESCENARIOS

8 de septiembre de 2026

Imaginar posibilidades puede cambiar el futuro

En 1975, George Lucas tenía un problema poco común. Había imaginado una película que exigía mostrar naves, mundos, movimientos de cámara y efectos visuales que las técnicas y los equipos disponibles no permitían producir como él necesitaba. Podía reducir la ambición del proyecto hasta ajustarla a las herramientas existentes o intentar crear aquello que todavía faltaba. Eligió lo segundo. Para desarrollar los efectos de Star Wars creó Industrial Light & Magic. Había imaginado algo que todavía no podía hacer y esa visión empezó a indicarle qué necesitaba construir.


Aquella decisión resolvía inicialmente un problema cinematográfico, pero sus consecuencias fueron mucho más amplias. Alrededor de Lucasfilm fueron apareciendo capacidades especializadas en efectos visuales, sonido, videojuegos y otras formas de producción y entretenimiento. Industrial Light & Magic, la futura Skywalker Sound o Lucasfilm Games, posteriormente LucasArts, formarían parte de un ecosistema que crecería durante décadas. Star Wars también se expandiría a nuevas películas, series, libros, cómics, videojuegos y experiencias. Una posibilidad inicial había empezado a abrir otras que no estaban completamente definidas cuando comenzó el proyecto.


Roger Bannister vivió algo parecido desde un terreno muy diferente. Durante años, correr una milla en menos de cuatro minutos había sido una frontera deportiva extraordinariamente difícil. Bannister convirtió aquella posibilidad en un escenario concreto y organizó su preparación alrededor de él, trabajando entrenamiento, ritmo y estrategia. En 1954 consiguió bajar de los cuatro minutos. Una representación futura había ayudado a organizar el esfuerzo presente, sin ofrecer ninguna garantía sobre el resultado.


Sara Blakely siguió otro camino. Vendía máquinas de fax puerta a puerta cuando comenzó a experimentar con una prenda que no encontraba en el mercado. No disponía de un mapa detallado de la empresa que terminaría construyendo. La idea inicial fue generando nuevas posibilidades a medida que avanzaba. Su trayectoria muestra que anticipar tampoco significa diseñar un futuro rígido. Podemos imaginar hacia dónde podría evolucionar algo sin saber exactamente en qué terminará convirtiéndose.


La ciencia ficción lleva mucho tiempo jugando con esa capacidad. No necesita acertar cómo será el futuro para resultar valiosa. Puede modificar una tecnología, una forma de organización o nuestra relación con las máquinas y explorar qué podría ocurrir después. El universo de Star Wars ofrece un ejemplo extraordinario. Lucas comenzó a construir una galaxia poblada por planetas, especies, tecnologías, culturas, instituciones y formas de vida diferentes. Cine, literatura, animación, videojuegos y experiencias inmersivas permitieron después explorar nuevas partes de ese universo. La ciencia ficción puede funcionar, así como un laboratorio de escenarios, un espacio donde podemos habitar mentalmente posibilidades que todavía no existen.


Minority Report lleva esta cuestión en otra dirección. La historia imagina una sociedad capaz de conocer determinados acontecimientos antes de que ocurran y plantea inmediatamente un problema: qué sucede cuando tratamos una posibilidad futura como si fuera inevitable. La pregunta trasciende la ciencia ficción. En nuestra vida también podemos quedar atrapados por una única expectativa sobre lo que sucederá. Anticipar no significa decidir de antemano cuál será el futuro, sino ampliar el número de futuros que somos capaces de considerar.


Esta diferencia está en el corazón del pensamiento por escenarios. Pierre Wack, desde su trabajo en Shell, contribuyó al desarrollo de la planificación moderna por escenarios mostrando que su utilidad no consistía en acertar exactamente qué sucedería, sino en ampliar la percepción de quienes debían tomar decisiones. Cuando existe incertidumbre, puede ser más útil explorar varios futuros plausibles que apostar todo a una única previsión. La pregunta deja entonces de ser únicamente qué ocurrirá y pasa a incluir otra más fértil: qué podría ocurrir y qué significaría para nosotros.


La psicología ha explorado una idea similar desde la identidad personal. Hazel Markus y Paula Nurius desarrollaron el concepto de possible selves, los posibles yoes. Nuestra identidad no está formada únicamente por aquello que creemos ser hoy. También construimos representaciones de las personas que podríamos llegar a ser, de aquello en lo que deseamos convertirnos y de aquello que tememos llegar a ser. Esos futuros posibles pueden influir en nuestra motivación y en las decisiones que consideramos razonables en el presente.


Daniel Gilbert y Timothy Wilson estudiaron otra capacidad relacionada, la prospección, que nos permite representar mentalmente acontecimientos futuros antes de experimentarlos. Constantemente simulamos posibilidades. Imaginamos cómo podría desarrollarse una conversación, qué ocurriría si cambiáramos de trabajo, cómo sería vivir en otro lugar o hasta dónde podría llegar un proyecto. Nuestra mente puede ensayar futuros antes de que existan, aunque esas simulaciones no sean predicciones ni tengan por qué cumplirse.


Pero imaginar algo intensamente no hace que suceda. Gabriele Oettingen ha mostrado que las fantasías positivas, cuando permanecen desconectadas de las exigencias de la realidad, pueden incluso asociarse con un menor esfuerzo posterior. Su trabajo sobre mental contrasting propone confrontar el futuro deseado con los obstáculos presentes. Imaginar resulta más útil cuando la posibilidad futura se encuentra con la realidad actual. Entonces podemos preguntarnos qué nos separa de ella y qué podemos hacer ahora.


Peter Gollwitzer llevó esa lógica hacia la acción mediante las implementation intentions. Anticipar una situación y decidir previamente cómo responderemos puede facilitar que una intención se traduzca en comportamiento cuando esa situación aparece. La lógica es sencilla: si ocurre determinada circunstancia, actuaré de determinada manera. No sabemos si llegará, pero podemos prepararnos. Un escenario deja de ser solamente una imagen cuando empieza a modificar nuestras decisiones.


Nuestra vida, además, no depende exclusivamente de nosotros. Otras personas deciden, las tecnologías evolucionan, los contextos cambian y acontecimientos inesperados pueden alterar completamente nuestros planes. John Krumboltz y otros investigadores desarrollaron el concepto de planned happenstance para explicar cómo podemos aumentar nuestra capacidad de aprovechar algunas de esas situaciones imprevistas. La curiosidad, la flexibilidad y la apertura pueden ayudarnos a convertir determinados accidentes del camino en oportunidades. El azar sigue existiendo; nuestra respuesta ante él no tiene por qué ser azarosa.


Esto permite abordar una cuestión especialmente atractiva: la suerte. No existe evidencia sólida de que imaginar un futuro haga que el destino lo produzca. Pero contemplar posibilidades puede cambiar qué información buscamos, con quién hablamos, qué capacidades desarrollamos y qué oportunidades somos capaces de reconocer. Un encuentro puede ser completamente fortuito, pero quizá solo comprendamos su importancia porque previamente habíamos imaginado una posibilidad relacionada con él. No controlamos la aparición de muchas oportunidades, pero podemos ampliar nuestra capacidad para reconocerlas.


Pensemos, por ejemplo, en alguien que está escribiendo hoy una historia. Su escenario más evidente podría ser publicar un libro. Pero también podría imaginar que algún día esa historia se transformara en una película, una serie, un videojuego, una exposición artística, una experiencia educativa o una iniciativa social. Ninguno de esos futuros está garantizado y quizá ninguno ocurra. Sin embargo, considerarlos puede modificar decisiones presentes sobre idiomas, derechos, colaboradores, tecnologías o alianzas. Imaginar no ha creado el futuro; ha ampliado el mapa desde el que tomamos decisiones.


Lo mismo sucede con nuestra vida. Un conocimiento adquirido para resolver un problema puede convertirse años después en una profesión. Una investigación puede generar una empresa. Una experiencia puede transformarse en un libro. También podemos imaginar escenarios menos favorables: una tecnología que cambie nuestro sector, un proyecto que fracase o una decisión ajena que altere nuestros planes. Anticipar no consiste solamente en visualizar aquello que deseamos. Pensar en escenarios significa ampliar nuestra mirada también hacia aquello que podría obligarnos a cambiar de dirección.


George Lucas no podía conocer en 1975 todas las formas que terminaría adoptando aquella galaxia que intentaba llevar a una pantalla. Algunas posibilidades fueron buscadas, otras aparecieron con el tiempo y muchas dependieron de personas, tecnologías y circunstancias imposibles de prever. Lo importante es que no redujo lo imaginable a aquello que ya existía. Cuando el presente no contenía todo lo que necesitaba, fue capaz de pensar más allá de sus límites.



Nosotros tampoco podemos saber qué caminos terminarán abriéndose delante. Anticipar escenarios no consiste en adivinar cuál será el correcto ni en convencer al destino para que cumpla nuestros deseos. Consiste en explorar posibilidades, reconocer obstáculos, preparar respuestas y mantenernos atentos a aquello que nunca habíamos previsto. El futuro seguirá siendo incierto, pero cuanto más amplio sea nuestro mapa de posibilidades, mejor preparados estaremos para orientarnos cuando llegue.Por eso, anticipa escenarios.


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