VAGA, PERO EMOCIONANTE
La arquitectura silenciosa de la creatividad

En marzo de 1989, en el CERN, Sir Tim Berners-Lee entregó a su supervisor, Mike Sendall, un documento titulado Information Management: A Proposal. No describía una máquina revolucionaria ni un descubrimiento físico deslumbrante. Era una idea para conectar información dispersa en distintos sistemas informáticos. En la portada, Sendall escribió a mano una frase breve y ambigua: “Vague, but exciting.”
No la rechazó. Tampoco la aprobó con entusiasmo ciego. Reconoció la imprecisión y, al mismo tiempo, la posibilidad. Aquella propuesta acabaría convirtiéndose en la arquitectura que sostiene hoy el flujo global de conocimiento: la World Wide Web.
La creatividad suele comenzar exactamente ahí, en un territorio incómodo donde algo todavía no está bien definido, pero tampoco puede ignorarse. Antes de ser evidente, una idea es difusa. Antes de parecer inevitable, parece frágil. Y muchos sistemas no toleran esa fragilidad inicial.
Durante décadas hemos asociado la creatividad con la genialidad espontánea o con la ruptura espectacular. Pero la psicología lleva tiempo desmontando ese mito. La creatividad no es un arrebato místico, es una forma particular de procesar, combinar y transformar información. J. P. Guilford habló de pensamiento divergente para describir la capacidad de generar múltiples respuestas ante un mismo problema. E. Paul Torrance desarrolló indicadores de fluidez, flexibilidad y originalidad. Robert Sternberg mostró que la creatividad es una modalidad específica de inteligencia, distinta pero complementaria a la analítica. No es ausencia de lógica, es lógica aplicada a territorios aún no estructurados.
Incluso dentro de lo creativo hay estilos. Michael Kirton propuso una distinción que desmonta otro estereotipo. No todos los creativos son revolucionarios. Algunos son adaptadores; otros, innovadores radicales. Los primeros mejoran sistemas existentes, refinan procesos, optimizan estructuras. Los segundos los desafían desde fuera. Ambos son creativos, pero operan con distintos grados de ruptura. Confundir creatividad con disrupción permanente es una simplificación peligrosa. Muchas transformaciones relevantes han sido acumulativas, silenciosas y persistentes.
Si algo revela la investigación es que las ideas no nacen completas. Graham Wallas describió el proceso creativo como una secuencia que incluye preparación, incubación, iluminación y verificación. La fase que más desconcierta es la incubación. En ella, el problema permanece activo sin que haya una solución clara. Es el momento “vago”. La mente trabaja sin exhibir resultados inmediatos. Sin embargo, esa etapa no es un fallo del proceso, es parte constitutiva del mismo. David Perkins lo formuló con precisión. La creatividad no es solo chispa, es construcción disciplinada. La iluminación no surge del vacío, emerge tras periodos de exploración, acumulación y ensayo.
La neurociencia contemporánea ha añadido una capa decisiva. Lejos de ser una explosión caótica, el pensamiento creativo implica la interacción coordinada de redes cerebrales que habitualmente no operan juntas. Los circuitos asociados a la imaginación y la asociación libre cooperan con aquellos vinculados al control y la evaluación. La creatividad no es ausencia de criterio, es alternancia entre apertura y selección. Generar posibilidades y después filtrarlas. Explorar y luego estructurar. No es desorden, es integración sofisticada.
El estado emocional también influye. Durante años se romantizó la idea de que el sufrimiento era el combustible principal de la creatividad. Sin embargo, investigaciones recientes, difundidas incluso en entornos como Harvard Business Review por autoras como Emma Seppälä, muestran que los estados emocionales positivos amplían el repertorio cognitivo y favorecen conexiones más amplias. La creatividad no florece bajo amenaza constante ni en el agotamiento crónico. Requiere energía psicológica disponible y suficiente seguridad para explorar sin miedo inmediato a la penalización.
Pero ninguna capacidad creativa se despliega en el vacío. Mihaly Csikszentmihalyi propuso un modelo sistémico que desplaza el foco del individuo aislado. La creatividad surge de la interacción entre persona, dominio y campo social. No basta con tener una idea; esa idea debe dialogar con un cuerpo de conocimiento y ser reconocida por una comunidad. El llamado “efecto Medici” describe esos momentos históricos en los que disciplinas distintas se cruzan y generan fertilización mutua. La Florencia renacentista no produjo creatividad por accidente; produjo intersecciones.
En ese contexto emerge Leonardo da Vinci, no como mito romántico, sino como ejemplo estructural. Su curiosidad no era caprichosa; era sistemática. Observaba anatomía, hidráulica, pintura, mecánica. Buscaba patrones comunes entre dominios distintos. Lo que hoy llamamos polimatía no era acumulación dispersa, sino exploración transversal.
Siglos después, Hildegarda de Bingen integró música, medicina, teología y cosmología en una síntesis que desbordaba las categorías de su tiempo. Hedy Lamarr, conocida públicamente como actriz, desarrolló junto al compositor George Antheil un sistema de salto de frecuencia que sentó bases técnicas para las comunicaciones inalámbricas modernas. La creatividad no respetó las etiquetas que la sociedad les asignaba; se movió en la intersección.
En el mundo contemporáneo, Steve Jobs insistía en que la creatividad consiste en conectar cosas, no en inventar desde cero, sino en recombinar de manera significativa. Lo que parecía intuición visionaria era, en realidad, una sensibilidad entrenada para percibir relaciones invisibles entre tecnología, diseño y experiencia humana.
No aparece una línea de genialidad aislada, sino un patrón recurrente. Cruce de dominios, tolerancia a la ambigüedad inicial y persistencia suficiente para dar forma a lo impreciso. La creatividad no es explosión; es arquitectura.
El problema es que muchas organizaciones operan bajo lógicas que privilegian la explotación sobre la exploración. James March describió esta tensión con claridad. Explotar genera eficiencia inmediata; explorar genera posibilidad futura. Cuando la presión por resultados a corto plazo domina, la exploración se percibe como irresponsable. Las ideas disruptivas parecen imprudentes antes de parecer inevitables.
Teresa Amabile mostró cómo entornos excesivamente controladores, centrados en métricas rígidas y recompensas externas, erosionan la motivación intrínseca, uno de los motores centrales de la creatividad. Si cada propuesta debe justificar su viabilidad completa desde el primer momento, la fase imprecisa desaparece. Y con ella, muchas posibilidades transformadoras.
No se trata de idealizar la ambigüedad. No todas las ideas vagas son valiosas. Muchas desaparecerán al someterlas a contraste. Pero eliminar sistemáticamente lo impreciso impide que algunas atraviesen el proceso de maduración necesario. La creatividad exige un espacio intermedio entre el caos y la certeza absoluta.
La creatividad no es un privilegio reservado a unos pocos. Es una capacidad humana distribuida, moldeada por la práctica, el entorno y la decisión de no abandonar demasiado pronto aquello que aún no sabemos explicar del todo.
Por eso la invitación es clara y concreta, y exige algo más que inspiración momentánea: NUTRE tu creatividad creando condiciones deliberadas para que pueda desarrollarse. Cultivar implica exponerte a perspectivas distintas, permitir preguntas que no tienen respuesta inmediata, conectar ámbitos que normalmente mantienes separados y reservar tiempo para explorar antes de cerrar.
También implica algo que muchas personas nunca han hecho de manera consciente: entrenar cómo piensan. La creatividad puede nutrirse con pensamiento lateral, con enfoques holísticos que integren variables aparentemente inconexas y con aproximaciones sistemáticas que descompongan y reconstruyan problemas desde ángulos distintos. Existen marcos, métodos y ejercicios diseñados precisamente para expandir la capacidad de generar alternativas, y sin embargo la mayoría nunca se ha acercado a ellos.
No porque no sean útiles, sino porque no parecen urgentes, y lo que no es urgente suele posponerse indefinidamente. La creatividad no es solo inspiración; es entrenamiento cognitivo. Es ampliar el repertorio mental más allá de la respuesta habitual, exponerse a disciplinas ajenas, cuestionar supuestos propios y practicar deliberadamente la generación de alternativas antes de evaluar.
No todas las ideas vagas cambiarán el mundo. Pero ninguna idea que lo haya cambiado comenzó siendo completamente clara. Crear no es tener certezas desde el inicio; es aceptar que toda arquitectura relevante fue, en algún momento, apenas una posibilidad escrita al margen de una hoja, vaga, pero emocionante.











